Por Contrapendiente
En mi lugar de trabajo, mi jefe suele repetir con convicción que no hay mejor lugar para estar que en la oficina. Que él viene feliz todos los días, y que eso es lo que espera del equipo. Lo dice con sinceridad, incluso con cierto orgullo: como si su entusiasmo permanente fuera la prueba de que está donde tiene que estar, de que vive “en propósito”.
Y sin embargo, cada vez que escucho esa frase, me despierta algo incómodo. No porque desprecie el trabajo —le dedico lo mejor de mí—, sino porque aprendí que para trabajar bien, uno tiene que estar bien, y eso no se logra encerrándose en el trabajo, sino teniendo una vida más amplia, más rica, más humana.
Vivimos en tiempos donde se valora al que da todo por su empleo. Al que se queda horas extra sin chistar. Al que se identifica con su equipo como si fuera su familia. Al que vive como si su rendimiento fuera la medida de su valía. En el fondo, se nos transmite —a veces de forma sutil, otras no tanto— que el trabajador ideal es el que deja todo lo demás de lado: su casa, su cuerpo, sus vínculos, sus pasiones. Que si no amás tu trabajo como un devoto ama a su dios, algo anda mal con vos.
Pero esa idea es una trampa.
El que vive solo para trabajar, termina viendo todo con ojos funcionales: cuánto rinde, cuánto vale, cuánto falta. Pierde perspectiva, se aísla de la vida real, esa que pasa mientras estamos detrás de una pantalla o corriendo de reunión en reunión. Y cuando eso ocurre, también empieza a trabajar peor: más tenso, más limitado, menos creativo. Porque no hay productividad real sin integridad personal.
Una persona completa, que sostiene sus vínculos, que tiene pasatiempos, responsabilidades, una ética de vida, una salud emocional cuidada, no sólo vive mejor: trabaja mejor. Comprende a los demás, resuelve con empatía, tiene más paciencia, más flexibilidad, más humanidad. No se rompe tan fácil.
Decía Aristóteles que la virtud está en el punto medio entre dos extremos. Ni la vagancia ni el fanatismo laboral son caminos virtuosos. Lo sano, lo bueno, lo justo, está en el equilibrio: cumplir con el trabajo sin renunciar al resto de lo que nos constituye como personas.
Imaginemos el trabajo como un arco. Si la cuerda está siempre tensa, termina rompiéndose. Para funcionar bien, el arco necesita tensión, sí, pero también necesita soltar. Descansar. Volver a su forma. Nadie puede rendir si está todo el tiempo estirado al límite.
Por eso, no creo que el mejor trabajador sea el que más horas está en su escritorio ni el que repite mantras de entusiasmo vacío. Creo que es quien trae al trabajo lo mejor de una vida vivida con sentido: criterio, templanza, generosidad, límites. El que puede irse a su casa y seguir siendo él mismo. Y volver al día siguiente con una mirada nueva, con algo más que dar.
No hace falta vivir para trabajar. Pero sí hace falta vivir bien para trabajar bien.